La memoria es traicionera, eso dicen las abuelas, en mi caso particular es una afirmación valida y el porqué de mi encuentro con la escritura. Yo no suelo recordar de manera fácil los hechos y situaciones de mi vida, tal vez como dicen mis amigos “me acuerdo de lo que me conviene”. Si empiezo a creer esto puedo llegar a la conclusión de que la escritura me convenía y la lectura probablemente no, pero algunas teorías de psicología infantil que he conocido proponen que a partir de los tres o cuatro años un niño tiene conciencia de sus actos y puede grabar recuerdos. Debe ser por eso que no recuerdo mi primer encuentro con la lectura y que según mi mamá fue a los tres años y creo yo fue por la curiosidad o la sed de competencia (nunca lo sabremos) ya que a mi hermana mayor le habían dado un libro de cuentos y fui yo la mas interesada en verlo y en tenerlo.
Mi madre, en sus ratos libres me acogió y comenzó con el ahora rechazado método tradicional de lectura “m y a, ¿cómo se dice? ma” y poco a poco llegue a entender palabras enteras y luego frases y luego todo el cuento y finalmente todo el libro. Con la escritura fue un proceso parecido pero de eso sí tengo memoria, recuerdo mis tardes siguiendo una plana de lo ahora llamado “circulitos y palitos” o letras que yo encontraba familiares pues ya los había visto en el libro.
Sin embargo, cuando hablamos de lecturas existen diferentes tipos, la lectura sensorial, la lectura visual, la lectura auditiva o la audiovisual. Supongo que la primera, la sensorial, la tuve recién llegué al mundo y creo que para todos fue la más dolorosa, eso de conocer olores y sabores, sonidos, imágenes por primera vez para que luego se olvide esa sensación y ya solo sea de alguna forma mecanización. El resto de lecturas están inherentes a la sensorial, mi favorita es la lectura auditiva pues me recuerda los buenos momentos cuando de pequeña mi padre, a falta de libros, decidía contarnos historias a mi hermana y a mí sobre su vida de joven, los abuelos, su vida con mi mamá, casi todas sus experiencias personales agradables y una que otra historia mágica. Para mí, no existían los cuentos de los hermanos Grimm, ni las hadas pues mis héroes eran de carne y hueso y su historia no se remontaba a miles de años o a medio siglo antes, sólo a 10 o 30 años anteriores a mi nacimiento y existencia. Siempre fui la que pregunto por qué, hablaba como dice el dicho “hasta por los codos”, leía hasta el letrero del bus en el que mi mama me llevaba al jardín (decía chapinero, de eso me acuerdo bien) y me fijaba sobretodo en los detalles de las cosas.
El primer día de clases fue traumático, la separación del seno materno fue difícil pero nunca olvidaré ni el vestido con el que iba ni la maleta que llevaba, sobre todo por el olor, tenía ese olor a termo con café (porque en ese entonces supongo que no era tan malo darle café a un niño) y a cartera de colores con borrador de fresa, tampoco lo olvido porque como casi siempre en mi vida, nunca llegué temprano y apenas llegué me sacaron. Recuerdo que me hicieron un examen y luego me cambiaron de salón con otros niños que no fueron los primeros que yo vi al comienzo de la mañana y que me aceptaron en su grupo luego de que un angelito me vio sola y me reunió con ellos, tiempo después supe que por mi curiosidad y por el empeño de mi madre, me adelantaron un nivel educativo.
Vino el cambio de ciudad, de vida, de "amiguitos", de institución y de nivel educativo. Las pequeñas frases que mi madre me ponía a escribir se convirtieron en dictados hechos por una profesora a ratos amable, a ratos una fiera. El miedo rondó siempre y se acrecentó en grado segundo pero no temor por la escritura sino por la “geometría”, un ejercicio tan simple como trazar líneas me negó (quizás) el gusto por las rayas y los ángulos sin regla, como dirían teóricos del aprendizaje “bloqueo psicomotriz” aunque para mi fue psicológico, el crecer con el temor de poder nunca hacer una línea recta sin la ayuda de una regla.
Entre los recuerdos mas agradables fueron mis recreos en la mini-biblioteca del colegio, recuerdo que en la puerta estaba una señora de facciones amables y con una sonrisa de oreja a oreja nos invitaba a entrar. Yo la verdad no sabía que esa era la biblioteca porque no tenía ninguna marca visual para ello pero, atraída por la curiosidad gatuna, decidí entrar y sobre cada uno de los escritorios había un libro, me senté en uno de ellos y abrí mi puerta a la imaginación. Era un libro de cuentos y leyendas latinoamericanas, ilustrado y aunque no decía explícitamente "para niños" yo sabía que era para mí. Algunos recreos los pasaba allá leyendo cuentos y biografías hasta que cambiaron a la señora amable por alguien más joven pero menos útil y totalmente amarga. Ahora ese lugar de ensueño quedó convertido en un lugar simple, sin vida y lo peor solo utilitario. Sin embargo, esa pequeña semilla curiosa por la Electura no paró ahí. Los domingos en la mañana cuando toda mi casa estaba tranquila yo me despertaba primero que todos y buscaba las enciclopedias de mi casa para encontrar nuevos mundos, enterarme de datos de la antigua Colombia (como la división de departamentos, comisarías y dependencias), los volcanes y ríos más famosos del mundo y datos por el estilo. Llegada la pre-adolescencia ya no leía enciclopedias sino revistas que tenían mi mamá y mi hermana como la Cosmopolitan y la famosa Tú (hay que aprender de todo). La cultura general se volvió cultura pop y fue, de nuevo gracias a mi hermana, que retomé la literatura. Para ella, el intercambiar libros y música (o pedirlos prestados por tiempo ilimitado) se volvió un hobby y yo fui la beneficiada de ello. Empecé con Laura Esquivel (debe ser por eso que me atrae la literatura femenina) y terminé con el infaltable Gabo. Solía burlarme de mi misma diciendo: "Si quisiera ser reina de belleza podría hacerlo, solo que a diferencia del resto de candidatas yo sí me leí Cien años de soledad".
El encuentro total con la escritura llego a mis ocho años cuando emprendí la tarea quasi titánica de mantener un diario que terminó convertido en un “cuaderno de escribir la vida” como aquellos que llevaba Clara, personaje de “La casa de los espíritus”, una de mis novelas favoritas (sino la más). Ahora lo leo y no lo creo, todos los detalles que a los ocho años puede escribir una chiquilla, lo que ve y lo que no ve y sobre todo lo que siente. Ese pequeño vestigio de amor que puede sentirse a esa edad, anhelos, sueños y fracasos. Esta tarea la continué hasta que cumplí quince años, llego la adolescencia y con ella los sueños infantiles y las ilusiones felices murieron, (wake up! you’re not a child anymore). Ahora solo queda el recuerdo de lo pasado, ya no escribo la vida, pero la leo. Leo mis cuadernos, leo los cuadernos de otros. La precocidad en la lectura volvió a tener importancia; esa pasión que nació antes que mi memoria sigue ahí y no va a ser fácil quitármela de encima. La terquedad no me dejará o tal vez la curiosidad. Esperemos a ver que pasa. Mañana les cuento.
